Palabras de Dulce María Loynaz



Amigos míos:
Digo amigos porque quiero y espero que lo sean todos para disculpar con Buena voluntad el tiempo que les tomo invadiendo un terreno que no es el mío.

El tiempo no será mucho, pues no acostumbro a traspasar lindero ajeno, me muevo dentro del él con bastante torpeza y mientras menos me mueva mejor.

Ustedes se preguntaran porque hoy me atrevo hacerlo y yo puedo contestar que ha sido solo por no desairar el afectuoso ruego hecho por Hilda Vidal, la pintora que hoy expone aquí sus cuadros con la esperanza de quien presenta responsablemente hijos de su arte, que son a veces más hijos nuestros que los que nos asigna la naturaleza.

Pero si bien no puedo hablar de Hilda Vidal como pintora, si puedo hablar de ella como persona y por tanto de la relación que su persona tiene con su arte, pues conozco a Hilda casi desde que empezaba a emborronar con sus dibujos los cuadernos de la escuela.

Después, mucho después la vi creando modelos de prendas de vestir y de calzar; recuerdo los zapatos que ideo, diseños preciosos y originalísimos que hubiera podido vender ventajosamente a cualquier firma del ramo, y al igual que los zapatos, los vestidos y demás accesorios propios del gusto femenino. Me he permitido opinar en este renglón porque a mi tiempo fui bastante conocedora del mismo. De cierto que Hilda tuvo entonces a sus pies un camino fácil y prometedor, de haberse decidido a recorrerlo. Pero su vocación era otra y ella era fiel a su vocación. No le interesaba ganar dinero; lo que le interesaba era pintar cuadros y que sus cuadros fueran conocidos y de ser posible, admirados.

En este sentido era ambiciosa; había sido fiel al arte y se consideraba con derecho a que el arte fuera fiel a esta, sabía también el triunfo no se conquista de la noche a la mañana y ha demostrado que posee la cualidad más necesaria en lo suyo, la perseverancia.

Se cree comúnmente que el artista y el poeta obran por inspiración. Del tema habría mucho que hablar, si contáramos con tiempo porque teniendo estos estados anímicos , mentales, un origen desconocido, es decir que no sabemos porque se producen, cabe sugerir distintas interpretación, incluso negar su existencia, que es siempre en toda teoría la solución más fácil.

Yo personalmente creo en la inspiración y tengo motivos para creer en ella. Pero creo también que hay que ayudarla. No se le puede dejar todo el trabajo a ella. El pintor, el escultor, el escritor deben, necesitan perseverar en su quehacer. Estudiar serenamente la creación propuesta mantener o desechar en su caso, lo necesario o lo superfluo, no encariñarse demasiado con su propia obra, observarla de lejos como lo pasaría un extraño … y en definitiva no desalentarse cuando el producto de su propio examen no resulta todo lo positivo que esperaba.

Esto es lo que yo le llamo perseverancia y esa es la condición vital de la pintora que hoy nos ofrece su exposición.

Ha trabajado en ella arduamente, pacientemente, sistemáticamente como dice su esposo. No cree que una obra artística pueda extraerse como un conejo del bombín de un prestidigitador.

Y esa auto exigencia, ese cuidado, esa en la conducta del artista es lo que a mi juicio hace verdadero pintor, escultor o escritor.

Yo se que muchas veces las circunstancias hacen que el ritmo del trabajo se acelere o interrumpa repetidamente con detenimiento de la calidad y esa es la tragedia de los que quieren vivir solo del arte. Se puede vivir por o para el arte, pero no siempre del arte, que es mas amo nuestro que servidor, que Hilda ha entendido bien esto, lo prueba la anécdota que para terminar voy a contarles.

En una de sus exposiciones se le ofreció la oportunidad de vender una vez toda la muestra con destino a un organismo determinado, creo que un hotel o una cosa de descanso, algo asi, y con asombro de los compradores, ella lo rechazo.

Estaba dispuesta a vender parte, pero no la totalidad a un solo adquiriente, y esa negativa la privo de la ocasión que según dicen hay que agarrar por los cabellos, aunque muchos la crean calva.

Hilda explico después a su familia porque conozco que caso que ella no quiso que sus cuadros fueran a parar todos a un solo lugar, sino que anduvieran libres por puchos y diversos rumbos, porque ese era el modo que tenían de darse en plenitud de conocer.

Romanticismo, pensaran algunos. Tal vez, pero también respeto por la propia obra. Ambición si se quiere, pero sin duda la más noble, la más limpia, la mas ajena de toda la ajena especulación, tal es Hilda Vidal, pintora y solo pintora por la gracias de Dios.

La Habana octubre 1988 Dulce María Loynaz.


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